lunes, 27 de diciembre de 2010

LA OTRA MIRADA II 27/12/2010

Hola de nuevo amiga¡¡¡
Siento no haber podido hablar contigo en estos días, pero ya sabes, las fiestas. Me gustaría hablarte de este tema, pero la Navidad podría llenar páginas de este block y al final te contaría un poco más de la que ya sabes.
No. Hoy quiero dejarte un cuento. Debí colgarlo el otro día porque está relacionado con el tema de los juicios, pero quedaba demasiado largo y tampoco quiero cansarte.
Léelo. Todos los cuentos o relatos que escribo, forman parte de un pensamiento o un estado de ánimo del momento. Sin embargo nacen antes de analizarlos. Un día me levanto, me pongo detrás de un papel, cierro los ojos y trás unos segundos escribo. Es como si el cuento estuviese dentro de mí desde hace mucho tiempo. Sale sólo. Luego lo leo y me doy cuenta que es una reflexión a lo que pienso y veo. No se. Quizá te resulte un poco extraño, pero te recomiendo hacer el ejercicio. Creo que todos llevamos historias. Cuentos que merecen ser contados. Mejor o peor eso no importa. Lo que importa es lo que podemos decir y como lo decimos.
Espero que te guste.
¡Hasta pronto amiga¡ Espero que sigas ahí. Me gusta mucho hablar contigo.

LA OTRA MIRADA

Aquella mañana, ella no se encontraba a gusto. Había acudido a su clase de pintura como cada día, pero ese día noto que era diferente.
Intentaba crear algo. Estaba tomando medidas, haciendo y deshaciendo, borrando y dibujando, pero no salía. Llevaba más de tres meses aplicando técnicas para conseguir “la perfección”: encuadres, ejes, diagonales, luces, sombras,… Eso no iba con ella. Se desesperaba, se atoraba. Sentía que eso no era lo que ella estaba buscando.
Además estaba ese tipo que le enseñaba. No hacía más que atormentarla con lo mismo:

      - Sientes miedo. Estás atrapada en tus miedos y yo no soy psicólogo. Si no     solucionas tus problemas no podrás enfrentarte a esto.-

Pero que se había creído. De que iba ese tío. Tenía su edad y se creía Confuncio. El tenía la obligación de enseñarla y no de juzgarla. Tres meses aguantando la misma estupidez, escuchando la misma tontería. Se había cansado de jugar a ser alumna y de seguir unas reglas estúpidas que alguien diseño en algún momento, y que todos seguían como borregos. Sobretodo ese tío, que se creía tan listo, tan seguro, tan capaz. No aguantaba más.
Por eso, ese día era diferente. Ahora le tocaba a ella. Estaba dispuesta a mostrar sus cartas e imponer sus reglas.

No se lo pensó dos veces, y fue a por él.

-         Jorge, y tú ¿Qué observas cuando miras una obra?-.
-         Yo me fijo en el contorno, en las líneas, el dibujo, la pincelada, el tono, el color, la textura,…-
-         No, pero no me entiendes. Quiero saber que sientes, que te transmite.
-         ¡Ah, bueno¡. Armonía, descanso, paz, ilusión, sutileza, horror, desesperación…
-         Pero, ¿no ves la historia?
-         ¿La historia?
-         Sí, no te dice nada. No te cuenta nada. No te habla de nada.
-         No. Yo percibo sensaciones.
-         Entonces, no miras bien.

Jorge palideció. No se esperaba esa respuesta. En todos sus años de enseñanza ningún alumno le había desafiado de esa manera.
Le estaban diciendo que no sabía mirar un cuadro. A él. Con sus cinco años de Bellas Artes y la multitud de exposiciones a las que se había presentado. Con las buenas criticas que había recibido de ilustres artistas contemporáneos. Pero que se había creído esa niñata incapaz de mantener el lápiz firme sobre el papel. Incapaz de realizar una línea recta o de aplicar las sombras correctamente sin oscurecer los grises.

Mientras, ella contemplaba su rostro. Sabía que ahora lo tenía dónde quería. Su sonrisa pretenciosa había desaparecido. Sus ojos expulsaban fuego. Su cuerpo se había tensado e instintivamente había cruzado los brazos a modo de defensa.

Pasaron cinco segundos de mutuo desafío. Ella esperaba el contraataque. Y llegó.

-         ¿Me estás diciendo que no se mirar un cuadro?
-         Así es.
-         Bien, pues ilústrame. ¿Cómo tengo que hacerlo?
-         Tú solo miras la forma, lo externo, pero nunca ves el fondo.
-         Yo soy un artista. Cuando pinto soy perfeccionista. Trato de reflejar lo que me inspira aquello que estoy pintando. En eso es en lo que me fijo cuando veo un cuadro.
-         No Jorge. Cuando creas algo, pintas una obra, escribes un cuento, preparas una comida, elaboras un perfume,… Lo que haces es contar algo. Es tu ego quién habla, no eres tú.
-         ¿Quieres decir que una pieza griega o romana no busca el equilibrio, la paz, la armonía,…; que un barroco no arroja pasión, drama, fuerza,…; que un romántico no te invade de melancolía,… o que un impresionista no te “impresiona”?
-         Sí, claro que consiguen todo eso, pero además me cuentan una historia. Todos los artistas buscan la expresión de su ego. Quieren hacernos llegar algo. Algo que no se puede decir con el lenguaje habitual. Buscan otro tipo de comunicación diferente y directa. Quieren reflejar su fondo. Eso es lo difícil. La forma no importa. Piensa cuantas veces a lo largo de la historia, en los diferentes períodos se han roto las barreras de las leyes preestablecidas. Siempre se hace. Es lo que el artista busca. Y solo los que consiguen expresar su fondo y hacer que quién mira su obra lo entienda, son los que verdaderamente crean. Son los maestros.
-         Entonces para ti, los discípulos de las diferentes escuelas pictóricas no tienen ninguna relevancia artística.
-         Si se limitan a copiar técnicas y estructuras no la tienen. Por eso sus obras no han llegado a nosotros o no son tan conocidas.
-         No generalices. Serás tú quién no sabe apreciar su obra. Te aseguro que yo me he pasado cinco años analizando cada una de las técnicas y resultados de esos pintores y no debes menospreciarlos.
-         Ese es tu error Jorge, porque si cualquier creación es la expresión de tu ego, y tu ego es único, el arte nunca debe copiarse. Nace de uno mismo. Cuando alguien lleva a cabo una creación, sea del tipo que sea, descubre su alma. Si solo te limitas a copiar lo que otros ya crearon, copias, pero tu alma no habla. Si cuando miras un cuadro solo ves texturas y colores, tonos y formas,.. si el cuadro no te cuenta algo, entonces, o el pintor no expuso su alma o tú no sabes apreciar el arte.

Jorge cada vez estaba más tenso. Esta última frase le había llegado a lo más hondo. La niñata le había dicho que no solo no sabía mirar un cuadro, sino que además no sabía apreciar el arte.
Ahora le costaba sostener la mirada. Sentía como un tremendo sudor recorría su cuerpo. La furia le invadía. Pero debía mantener la calma. Sabía que ella intentaba sacarle de sus casillas. Pero él era el maestro, debía dar ejemplo. Antes de responderla respiró profundamente y se tomo unos segundos.

-         Muy bien. Debo entender que estoy siendo juzgado por alguien que no tiene ni la preparación suficiente, ni el talento adecuado, como para poder realizar una critica acerca de mi forma de concebir el arte. Pero no solo eso, sino que quién me esta realizando este análisis, es alguien a quién sus miedos no le permiten enfrentarse a su propia vida.
-         ¡¡¡Miedo¡¡¡ Estoy harta de oírte decir una y otra vez lo mismo. ¡¡¡Tú no me conoces¡¡¡ ¡¡¡Tú no sabes como es mi vida¡¡¡ No tienes ningún derecho a juzgarme y mucho menos a intuir que tengo miedo solo por el hecho de no obtener un dibujo a la primera. ¡¡¡¿De dónde coño sacas que eso se debe al miedo?¡¡¡ Como puedes hablar de miedo cuando lo más valiente que hace un ser humano es exponer su alma para que sea criticada por otro. ¡¡¡Ningún artista tiene miedo¡¡¡ Pueden ser buenos o malos, tener o no talento, contar o no una historia. Pero miedo nunca. Porque todos ellos cuando se enfrentan a una creación dejan su alma al descubierto. Todos ellos se quitan la máscara y nos dejan ver como son por dentro....

De pronto dejó de hablar. Miro fijamente a Jorge y luego bajo la cabeza. Tras esos segundos de reflexión, musitó:

- Si a eso le llamas miedo… Sí, tengo miedo.

Hasta aquí llegó. No pudo más y rompió a llorar. Sabía que había elevado el tono de voz. Había perdido las formas. De nuevo el engreído había sabido darle la vuelta a la tortilla. Conocía su punto débil y había ido a por ella. Pero lo peor, lo que más le dolía, era haberse dado cuenta de que él tenía razón. Había perdido y sabía que ahora debía enfrentarse de nuevo a la mirada pretenciosa y enjuiciadora de su contrincante.

Sin embargo, la expresión de Jorge había cambiado. No era orgullo por la victoria conseguida lo que reflejaba su rostro. Una leve sonrisa apareció en su cara. Sus ojos eran ahora complacientes. Había obtenido lo que buscaba. Ella por fin se había revelado. Llevaba más de tres meses intentando que explotara. Que dejara salir todo lo que sentía para que su obra comenzase a vivir, a respirar. Ya era hora de pasar a la siguiente fase.

Tomó aire de nuevo pero esta vez no necesitó tiempo para pensar. Sabía lo que tenía que decir.

-         No llores. Está bien así. Muéstrame tú alma y te diré como pintarla.

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